jueves, 16 de agosto de 2007

Patch Adams

Ahí está “Patch”Adams, el médico que recorre el mundo visitando hospitales de países en guerra o devastados por el hambre. Vestido como payaso, exuberante, haciendo reír y al mismo tiempo desplegando una energía impresionante.
Yo venía a entrevistarlo con un prejuicio: tenía en mi retina la imagen dulzona y sentimentaloide de la película interpretada por Robin Williams. Pero conversar una hora con “Patch” Adams me dio vuelta el tablero. Tuve la impresión de estar frente a uno de esos hombres de acción que -con ideas muy simples- están ayudando a crear un mundo nuevo.
Usted se ha hecho famoso gracias a Hollywood, por la película en que Robin Williams lo interpreta a usted. Ha llegado el momento de borrar el rostro de Williams para que aparezca el verdadero rostro de “Patch” Adams.
¿Cuáles son las diferencias entre esos dos rostros?
La película enfatizó más la diversión, cuando yo, en realidad, quiero usar el amor y el humor para producir cambios en el mundo, es decir que las personas se paren y estén a favor del amor y el humor y pongan en un cajón el amor por el dinero y el poder excesivos.
Esto, simbólicamente, se puede mostrar en el distinto modo en que vivimos Robin y yo. Y quiero comenzar diciendo que yo creo que Robin es una bella persona. Yo viví en su casa, y siempre lo vi amoroso y amable, nunca lo vi actuar como lo hacen habitualmente los hombres ricos y famosos. Sin embargo, él ganó veintiún millones de dólares por cuatro meses de estar pretendiendo ser yo en una versión muy simplista, y no donó ni siquiera diez dólares para mi hospital gratuito.
Si yo hubiere tenido el dinero de Robin habría dado todo, los veintiún millones de dólares, a mi hospital gratuito en un país, los Estados Unidos, donde ochenta millones de personas no pueden obtener atención en salud.
¿Cuál era la utopía, el sueño que sustenta ese hospital que usted imaginó?
Cuando ingresé a la Escuela de Medicina, entré con la idea de usar la medicina como un vehículo para el cambio social. Yo ya sabía que nuestra sociedad estaba colapsando bajo el amor por el dinero y el poder, no sólo en relación a su propia gente, sino a todos en el resto de los países del mundo. Y la idea era crear un modelo médico que abordara todos los problemas en las formas en que este servicio se entregaba. Yo propongo volver a la raíz de la historia sana de la ciencia médica. Aquí hay algo urgente que necesita la sociedad: atención a su salud, y es nuestra labor dar esa atención a su salud para abordar la necesidad de las personas. Y entonces creamos un modelo donde no cobrábamos dinero, donde no teníamos nada que ver con el seguro médico, ni con el seguro contra la mala práctica médica. Todas estas ideas parecían heréticas: queríamos un hospital donde mezcláramos todas las artes del curar, donde esa entrevista inicial con el paciente, en vez de ser rapidita e insulsa, una exploración sin propósito, esa consulta fuera de tres a cuatro horas, como debe ser.
¿Qué fue descubriendo en esa nueva práctica?
Al hacer estas entrevistas largas con los pacientes nos dimos cuenta de lo que los grandes artistas y sabios han escrito sobre el mundo, y es que la humanidad adulta es muy insana al haber cedido o dejado de lado el amor a la vida, el sentido de privilegio y gratitud simplemente por estar vivos, cualquiera sea su posición social. Entonces encontré que de los pacientes adultos -fueran ricos, pobres, educados, mal educados, cualesquiera fuesen sus radiografías o sus exámenes de laboratorio- un 95 por ciento no tenía idea de lo que era el amor a la vida. Descubrí que no importaba si le sacaba un tumor, si le corregía su presión arterial, si su vida aún seguía podrida. Pensé que así no estaba solucionando nada, sólo dando diez años más de vida miserable. Y por lo tanto, desde el principio quisimos mezclar la medicina con la vida real, haciendo que nuestro hospital fuera comunitario, de manera que la enfermedad fuese un truco para conseguir que el paciente entrara a un hospital que en verdad era una universidad para la cultura humana.
¿Cuándo cree usted que nuestra civilización perdió el rumbo, cuándo traicionamos esa visión de la gratuidad y de la celebración de la que usted habla?
Una de las primeras cosas que yo estudié en mi juventud fueron los primates, los grandes monos. Hay cinco tipos de simios grandes y solamente uno de ellos vive en solitario. El resto de los simios, incluidos los seres humanos, vive en grupo. El grupo está primero. Nos preocupamos primero, instintivamente, por el grupo. Filosófica e intelectualmente, la idea de individuo es nuevísima en la historia humana. La idea de que soy un individuo no tiene más de doscientos años. Durante la mayor parte de la historia del Homo sapiens hemos vivido en lo que para un gorila o un chimpancé es un grupo. Los primates jamás hubieran pensado en un yo o en un mí, sólo pensaban en un grupo, y esto funcionaba para los humanos. Yo creo que fue así hasta que comenzó la agricultura.
La propiedad de la tierra, “mi tierra”, el ser propietario, surge ahí. Los, pueblos americanos autóctonos vieron a los europeos que decían: “Nosotros somos propietarios de la tierra en Europa”. Y los indios decían: “Pero cómo pueden ser ustedes los dueños si Dios es el dueño”. Era inconcebible para los nativos americanos esta idea de ser propietario de la tierra. Y esa afirmación es tan arrogante, porque sólo la tierra está a cargo de la tierra. Y creo que la propiedad de la tierra condujo a esta idea de prepotencia sobre nuestro medio ambiente y por ella hoy día estamos destinados a la extinción.
El siglo que acaba de terminar experimentó con muchas revoluciones que quisieron cambiar el mundo, pero todas esas revoluciones fracasaron.
¿Qué diferencia hay entre esas ideologías revolucionarias y la utopía de “Patch”Adams?
Todas las revoluciones han sido en torno al dinero y el poder. La revolución comunista no fue una revolución comunista: era el dinero y el poder, y eso significa hombres buscando el poder una vez más. Pero te voy a contar que hay otras revoluciones que tú no incluiste en tu pregunta y a las que les ha ido muy bien.
Walt Whitman fue un revolucionario en poesía, por ejemplo. La poesía de Walt Whitman, no sólo en su forma sino en su contenido, fue una revolución de la poesía e influyó en toda la poesía del mundo y en personas como yo que creemos -como Whitman y Neruda- que la vida y las personas son bellas. Ricas y pobres, todas son bellas. Uno puede amar a toda la gente. Whitman en su poesía ama al campesino, al mecánico, al carpintero, al sacerdote, al panadero… al borracho… él tiene poesía para todos.
También ha habido otras revoluciones: en la música, por ejemplo. Beethoven era un revolucionario, como romántico, y dio horizontes en la música que existirán tanto tiempo como dure la especie humana. Y esa revolución está tocando a la gente hoy en día: anoche escuché a una persona a quien preguntaron: “¿Qué te hace vivir?” Y él dijo: “Bach”.
La propuesta de Cristo también fue una revolución. Y Buda. El problema es -y vuelvo a insistir, puesto de una manera simple- que los hombres han hecho el dinero y el poder, y las mujeres el trabajo con el amor.
¿Puedes contar algún caso médico que ilustre este cambio en la manera de tratar a los pacientes?
Cuando yo era alumno de medicina estaba en la sala de emergencia y un niño entró muerto por un accidente. Mientras estuve con los doctores, en ningún momento mencionaron la palabra amor o la palabra compasión, nunca mencionaron nada qué significara una relación entre personas, sino sólo información y procedimiento, eso se hacía muy bien.
Era una dirección muy equivocada, pero yo no tenía el entrenamiento de médico que se supone puede seguir los pasos tradicionales de qué hacer con la familia. Yo podía decirles: “El niño será llevado a la morgue y tal vez ustedes necesitarán que les recete un tranquilizante para ayudarlos a dormir”. O sea, ignorar completamente el hecho de que ellos habían perdido a su hijo… Ellos estaban sollozando y alguien les decía “tal vez necesita píldoras para dormir” y bla bla… ¿Qué me dijeron en el hospital? “Llama a la enfermera”, me dijeron, lo que significaba “llama a una mujer”, porque ellas saben manejar esos momentos. Entonces yo dije “no, no lo haré; yo voy a ser esa persona…” Pero, ¿con qué cuento yo para eso?, me pregunté. Puedo tener ojos amables. Puedo tener una cara que les esté diciendo algo. ¿Y qué más tengo? ¿Cuáles son las palabras que debo decir? Entonces fui hacia la parte más fácil. La familia era cristiana; yo no lo soy, pero conozco a Cristo. Les dije: ¿les importa si rezamos? Estaban asombrados, chequeados de que un médico dijera eso. Me hinqué, junté las manos y tomé todo el amor de mi madre y salió todo con sinceridad y amor. Durante diez años esta familia me escribió sobre cómo ese momento cambió la percepción de la muerte de su hijo. De ahí en adelante, con el paciente budista yo era un sincero budista; con el cristiano era cristiano, con el ateo era ateo.
Hay un verso de Walt Whitman igual a lo que acabas de decir.
Sí. Y así como hay doctores que escogen fármacos o ciertos tratamientos, yo recolectaba ideas que me ayudaran a abordar el sufrimiento. Yo sabía que el amor y el humor eran los grandes maestros, y la curiosidad, la poesía y la música eran los coadyuvantes de aquéllos y empecé a usarlos cada vez más. Comencé a llevar juguetes en los bolsillos de mi bata de hospital y muchos años después empecé a llevar payasos a los países más pobres que no tenían tranquilizantes ni analgésicos.
Hay tantos gurúes en el mundo ofreciendo cambios, pero es tan difícil hacerlos de verdad.
¿Cómo se puede hacer la revolución que tú propones?
A menudo decimos “yo soy sólo un profesor, o un gásfiter, qué podría aportar yo para cambiar al mundo”. La cosa más revolucionaria que puedo decirles es esto: todo ser humano que quiera esa revolución de amor y cuidado sobre los demás puede tomar esa decisión personal desde que sale de su casa en la mañana hasta el momento en que regresa. Cada minuto en un espacio público, siempre es posible ser universalmente amistoso y un celebrador de la vida. La revolución se hace cuando tú te comunicas de otra manera con la gente que se sube contigo a un ascensor. ¿Te has dado cuenta de que la gente no se mira, se esquiva dentro de un ascensor? Haz la prueba de saludarlos efusivamente, con una sonrisa de oreja a oreja; o de hacer una broma. Esos gestos que son gratuitos, que no requieren inteligencia ni entrenamiento especiales, que no cuestan dinero son más difíciles de hacer que cualquier otra cosa, porque uno tiene que salirse del “yo”.
“Yo… y mi vida tan dura.” “Yo… que estoy envejeciendo.” “Yo… que tengo cáncer.” “Yo… que soy muy bajo.” “Yo… que no soy tan bueno tocando el violín.” “Yo… y el café que derramé en esa camisa.”
Todo ese “yo” debe quedar guardado en una repisa, para que “tú” salgas. Tú, el ciudadano; tú, la mujer que fuiste golpeada anoche por tu marido, que se ve porque estás en el ascensor con un ojo amoratado. Tú, el hombre de negocios que pensaste que tenías un trabajo seguro, pero acaban de decirte que la empresa en Estados Unidos redujo los trabajos en Chile y te despidieron. Tú, pobre persona que acudió a los servicios de ayuda social para decir “tengo cuatro niños, me puede ayudar con lo que sea”. Tú no sabes quiénes son los que están en el ascensor, si ganaron la medalla olímpica o perdieron el empleo, porque ninguno de ellos tendrá el coraje de, decir “yo necesito tu amor en este momento, necesito tu buen humor, necesito tu buena disposición”.
Si es que tú dices “en cada momento público yo voy a ser amoroso con todos y un celebrador de la vida”… entonces tú eres Cristo, tú eres Buda, tú eres Whitman, tú eres María cuando entras en un ascensor. ¿Sabías que un niño puede entrar a una sala llena de asesinos y de gente perversa y jugar con ellos desinhibidamente, con su ternura y su amor, y que ese milagro ocurre porque ellos todavía no han sido introducidos en el amor por el dinero?
Entrevista de Cristián Warnken, extracto publicado en la Revista Mundo Nuevo.

Cuántos años tengo?...

¿*Qué cuántos años tengo?*
*¡Qué importa eso!*
¡Tengo la edad que quiero y siento!
*La edad en que puedo:*
Gritar sin miedo lo que pienso...
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido...
Pues tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.
*¡Qué importa cuantos años tengo!* ¡No quiero pensar en ello!
Pues unos dicen que ya soy viejo, y otras que estoy en el apogeo.
Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.
Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen porque decir:
¡Estás muy joven, no lo lograrás!
¡Estas muy viejo, ya no podrás!
Tengo la edad en que las cosas se miran con mas calma, pero con el interés de seguir creciendo.
Tengo los años en que los sueños, se empiezan a acariciar con los dedos, las ilusiones, se convierten en esperanza.
Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.
Y otras es un remanso de paz, como el atardecer en la playa.
*¿Qué cuantos años tengo?
*No necesito con un número marcar, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas...
*¡Valen mucho más que eso!*
*¡Qué importa si cumplo cincuenta, setenta, ochenta …
*Pues lo que importa:
*¡Es la edad que siento!*
Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos.
¿Qué cuantos años tengo?
*¡Eso a quien le importa!
*Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento.
Enviado por: Gaby Abalo

miércoles, 15 de agosto de 2007

Hotel abandonado en Corea del Norte

A lo largo y ancho del mundo suele ser normal encontrarse con construcciones abandonadas de casi todo tipo, aunque lo que no es tan habitual es encontrarse un rascacielos abandonado.
Se trata del Hotel Ryugyong, en Pyongyang, la capital de Corea del Norte. Una inmensa mole de hormigón sin finalizar y totalmente abandonada, que aún conserva la grúa de la construcción en la parte superior, a merced del viento.
El edificio tiene ni más ni menos que 330 metros de altura (105 plantas), y ocupa la décima posición en el ranking de altura mundial al día de hoy.
Toma su nombre de una de las denominaciones de la ciudad de Pyongyang, Ryugyong (la ciudad de los sauces). Su construcción comenzó en 1987.
El edificio no era una prioridad para la ciudad, pero se proyectó como respuesta a la construcción de otro hotel en Singapur por parte de una compañía de Corea del Sur, en plena guerra fría.
Supuso un gasto del 2% del PIB del país.
El gobierno norcoreano intentó atraer la inversión internacional relajando algunas restricciones a las compañías que invirtiesen en dicho hotel, en un intento por atraer capital japonés.
Los retrasos y complicaciones con los materiales hicieron que el coste de la construcción se disparase, hasta que se decidió su abandono en 1992. El edificio es totalmente inservible ya que según los expertos, el hormigón empleado no cumple con los márgenes de seguridad.
Fuente: urbanity.blogsome.com

domingo, 12 de agosto de 2007

Hoy el día es para ustedes

Bs As, Argentina - ¿Que es un niño?
Entre la inocencia de la infancia y la dignidad de la madurez encontramos una encantadora criatura llamada niño.
Los niños vienen en diferentes medidas, pesos y colores, pero todos tienen el mismo credo: disfrutar cada segundo, de cada minuto, de cada hora, de cada día y de protestar ruidosamente (su única arma) cuando el último minuto se termina y los padres los meten a la cama.
A los niños se los encuentra dondequiera: encima, debajo, dentro, trepando, colgando, corriendo o brincando. Las mamás los adoran, las niñas los detestan, los hermanos mayores los toleran, los adultos los ignoran y el Cielo los protege.
Un niño es la verdad con la cara sucia, la belleza con una cortada en el dedo, la sabiduría con el chicle en el pelo y la esperanza del futuro con una rana en el bolsillo.
Cuando estás ocupado, un niño es un carnaval de ruido desconsiderado, molesto y entrometido; cuando quieres que dé una buena impresión, su cerebro se vuelve de gelatina o se transforma en una criatura salvaje y sádica orientado a destruir el mundo y a sí mismo.
Un niño es una combinación. Tiene el apetito de un caballo, la digestión de una traga espadas, la energía de una bomba atómica, la curiosidad de un gato, los pulmones de un dictador, la imaginación de Julio Verne, la vergüenza de una violeta, la audacia de una trampa de fierro, el entusiasmo de una chinampina y cuando hace algo tiene cinco dedos en cada mano.
Le encantan los helados, las navajas, las sierras, las navidades, los libros de historietas, el chico de enfrente, el campo, el agua (pero no en la regadera), los animales grandes, papá, los trenes, los sábados por la mañana y los carros de bomberos.
Le desagradan las clases de Doctrina, estar acompañado, los colegios, los libros sin ilustraciones, las clases de música, las corbatas, los peluqueros, las niñas, los abrigos, los adultos y la hora de acostarse.
Nadie más se levanta tan temprano ni se sienta a comer tan tarde. Nadie más puede traer en el bolsillo un cortaplumas oxidado, media manzana, un metro de cordel, un saco vacío, dos pastillas de chicle, seis monedas, una honda, un trozo de sustancia desconocida y un auténtico anillo supersónico con un compartimiento secreto.
Un niño es una criatura mágica. Puedes cerrarle la puerta de tu despacho, pero no puedes cerrarle la puerta del corazón. Puedes sacarlo de tu estudio, pero no puedes sacarlo de tu mente. Mejor ríndete; es tu amo, tu carcelero, tu jefe y tu maestro. Pero cuando regresas a casa por las noches con tus sueños y esperanzas hechas trizas, él puede remediarlas y dejarlas como nuevas con dos mágicas palabras: ¡Hola papito!

Carta de un niño a sus padres
No me des todo lo que pido.
A veces sólo pido para ver hasta dónde puedo llegar.
No me grites.
Te respeto menos cuando lo haces, y me enseñas a gritar a mí también y yo no quiero hacerlo.
No me des siempre órdenes.
Si en vez de órdenes a veces me pidieras cosas, yo lo haría más rápido y con más gusto.
Cumple las promesas buenas o malas.
Si me prometes un premio, dámelo, pero también si es un castigo.
No me compares con nadie, especialmente con mi hermano o mi hermana.
Si tu me haces sentir mejor que los demás alguien va a sufrir y si me hacer sentir peor que los demás, seré yo quien sufra.
No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer.
Decide y mantén esa decisión.
Déjame valerme por mí mismo.
Si tu haces todo por mí yo nunca podré aprender.
No digas mentiras delante de mí ni me pidas que lo haga por ti, aunque sea para sacarte de un apuro.
Me haces sentirme mal y perder la fe en lo que me dices.
Cuando yo hago algo malo no me exijas que te diga por qué lo hice.
A veces ni yo mismo lo sé.
Cuando estás equivocado en algo, admítelo y crecerá la opinión que yo tengo de ti, y así me enseñaras a admitir mis equivocaciones también.
Trátame con la misma amabilidad y cordialidad con la que tratas a tus amigos.
Porque seamos familia no quiere decir que no podamos ser amigos también.
No me digas que haga una cosa cuando tu no la haces.
Yo aprenderé lo que tu hagas aunque no lo digas.
Pero nunca haré lo que tu digas y no hagas.
Cuando te cuente un problema mío no me digas: "no tengo tiempo para bobadas" o "eso no tiene importancia".
Trata de comprenderme y ayudarme.
Y quiéreme, y dímelo.
A mí me gusta oírtelo decir aunque no creas necesario decírmelo.
Fuente: http://www.me.gov.ar/

viernes, 10 de agosto de 2007

El Fotógrafo de Evita

Pinélides Aristóbulo Fusco tenía 35 años cuando recibió un llamado que le cambió la vida.
Era un periodista de la Editorial Julio Korn –la empresa que editaba las exitosas Radiolandia y Antena–, en la que él colaboraba como fotógrafo. Era un domingo de 1948 y la voz del otro lado de la línea le ordenaba que tenía que salir inmediatamente hacia la quinta de San Vicente, para fotografiar a Juan Domingo Perón y a Eva Duarte.
Una vez terminada la sesión Eva se acercó y le dijo: “Quiero las fotos mañana a las seis de la mañana en mi despacho”.
Fusco, que en ese momento también trabajaba como profesor de Literatura en varios colegios de Capital Federal, no se animó a contradecir semejante pedido. Se fue a su casa, en la calle Pavón y 24 de Noviembre, y en el pequeño laboratorio que tenía armado en el lugar, se pasó toda la noche revelando y copiando para cumplir con lo prometido.
A la hora señalada, se presentó con su pila de fotografías. Eva las miró una a una, en silencio, y cuando llegó a la última le entregó una tarjeta y le dijo: “Si le interesa trabajar con nosotros vaya a ver a este señor de mi parte”. El nombre que figuraba en la tarjeta era el de Raúl Alejandro Apold, subsecretario de Prensa y Difusión del gobierno.
A partir de ese momento Fusco, hijo de un matrimonio de socialistas que había elegido llamarlo con tan extraños nombres para evitar los del santoral, dedicó todas sus tardes a retratar a la pareja presidencial. En los actos oficiales, y también en los momentos de intimidad de su vida cotidiana.
Gracias a sus imágenes hoy podemos descubrir una Evita de entre casa, descontracturada, sin maquillaje, con el pelo suelto y al viento. Detrás de su cámara, Fusco fue testigo privilegiado de momentos clave de la historia argentina: el renunciamiento de Eva en Plaza de Mayo, y el momento en que votaba, ya enferma, por primera vez.
Pionero.
Las biografías de Fusco destacan que fue un pionero del fotoperiodismo color en la Argentina. En 1953 fundó junto a un grupo de reconocidos fotógrafos, Carpeta de los Diez, el primer grupo independiente de la fotografía nacional. Annemarie Heinrich, Anatole Saderman, Hans Mann, Jorge Friedman, Alex Klein, Ilse Mayer y José Malandrino eran parte de esa troupe que buscaba imponer una nueva forma de analizar las fotografías, con una mirada distinta a la de los fotoclubes de la época.
Pocos años después, en 1956, Fusco junto a Jacoby se sumaron al proyecto de Sameer Makarius y crearon el Grupo Forum. Este tenía ideas aún más radicalizadas en torno a la fotografía, pretendía “reflejar nítida y simbólicamente nuestra forma de vivir, de sentir y de pensar, fijándola con claridad e inequívocamente por medio de la fotografía...”, según expuso Aldo Pellegrini, con motivo de la primera exposición del grupo en el Museo Eduardo Sívori.
Amigo del director de cine Luis César Amadori, Fusco también retrató a importantes divas de la época. Gina Lollobrigida, las hermanas Mirtha y Silvia Legrand y Zully Moreno, fueron algunas de las estrellas que posaron para su cámara.
Las imágenes prohibidas.
Fusco fue fotógrafo oficial de Perón hasta que la Revolución Libertadora de 1955 lo derrocó del gobierno.
Según cuenta Alejandro, su hijo, a partir de ese momento el fotógrafo decidió cerrar con candado esa época de su vida y muchas de las anécdotas y secretos vividos junto al matrimonio presidencial se los llevó con él, cuando murió en 1991.
A partir de la difusión del decreto-ley 4161 que prohibía “la utilización de la fotografía, retrato o escultura de los funcionarios peronistas o sus parientes, el escudo y la bandera peronistas, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes”, entre otras cosas, Fusco decidió que debía esconder su preciado archivo, para no poner en peligro a su familia. Le entregó todo el material a su hermano, Dagoberto Arístides, quien las tuvo ocultas durante mucho tiempo, sin decirle a nadie dónde estaban.
En la etapa postperonista, Fusco siguió trabajando como profesor, se jubiló como rector del Nacional San Martín y se dedicó a la fotografía publicitaria e industrial. Su hijo Alejandro comenta que no le faltaron ofertas de productoras internacionales y nacionales que querían comprarle sus fotos de Eva. Pero Fusco, fiel a sus principios, era terminante: “Les agradezco muchísimo, pero no puedo cobrar por un material que ya me han pagado”, respondía. Hoy su legado está en manos de su familia, que por primera vez decide dar a conocer estas postales únicas de la historia argentina.

El Pardo Meneses

“No habrá ninguno igual, ... no habrá ninguno”.
MENESES JEFE DE LA POLICIA “EL PUEBLO LO PIDE”
Revista Panorama - Abril 1965
Durante un mes nuestro redactor Carlos A. Velazco siguió los pasos del policía más temido por el hampa.

"¿Sospechosos por aquí? No, nunca vimos a nadie. Meneses va y viene solo. Una vez, cuando el hampa lo amenazó de muerte, vimos frente a la casa a un hombre de aspecto tenebroso, pero a la mañana comprobamos que era Rafael, un admirador de Meneses que se tomó a pecho la amenaza y montó guardia toda la noche".
A las dos de la tarde, con el sol cayendo a plomo sobre Buenos Aires, en la calle Arrotea, del bajo de Flores, se detiene un automóvil. Meneses descubre el revólver bajo el saco, lo palpa en ademán intimidatorio, lo cambia de ubicación en la cintura. Desciende. "¿Qué pasa?", encara al redactor de PANORAMA, que lo espera junto a la puerta. Cuando se informa, el rostro se le dilata en una sonrisa indolente. Habla con desgano, acortando las palabras con un gesto de entendimiento: "No, la nota no puede ser".
-¿ Pero usted, Meneses, admite ser un policía matón, coimero y mujeriego?
-¿Eso dicen de mí? ¿Y usted lo cree?
A pesar de la publicidad que tuvo su actuación policial, la personalidad del "pardo" Meneses (como lo apoda el hampa) es discutida. Dos leyendas se disputan su fama. La de los incrédulos, que le cargan el sanbenito de coimero y matón, atribuido en ciertos ambientes a todos los policías; y la de los amigos, vecinos y centenares de admiradores, que lo aclaman como un héroe y repiten lo que testimonian todavía con orgullo los ex miembros de la brigada de Robos y Hurtos; "Cuando había que echar abajo la puerta de un rancho el primero en poner el hombro era Meneses. Después adentro, nunca tiró primero. Hay que ver lo que es esperar parado, ante el hueco de una puerta."
Los herederos de Rocambole
Para convencer a los incrédulos y lisonjear la vanidad de sus "hinchas", Meneses escribió los relatos de sus aventuras policiales y decidió publicarlos. El libro, con el titulo de "Meneses contra el hampa" (un hampa real que se asocia más a las novelas de Rocambole que a las policiales del siglo XX) apareció impreso con una biografía firmada por Iderla Anzoategui. Agotada la primera edición y lanzada la segunda, el libro se vio envuelto en un pleito por el usufructo de los derechos de autor. "En el libro está todo lo que Meneses me contó -admite Iderla Anzoategui-. Pero yo no puedo hablar. Llámelo al doctor Silvio Frondizi. El tiene en sus manos el juicio contra Meneses".
En su despacho de la calle Corrientes al 1300, en los altos de La Armonía, Silvio Frondizi entreabre la puerta con un gesto de bonhomía. "¿Una entrevista con PANORAMA? Sí, como no", Al iniciar el diálogo las cejas le asoman por encima de los gruesos anteojos, delatando un.gesto de contrariedad. "Ah, es por Meneses", murmura. Sin agregar palabra, revuelve los papeles del escritorio y muestra un abultado curriculum vitae. "¿ Le parece que yo puedo hablar de Meneses? ¿Por qué no me hace un reportaje sobre política? Estoy por publicar un libro sobre la influencia del marxismo en el catolicismo. Le aseguro que va a causar sensación". Se arrellana en su asiento. De espaldas a la biblioteca de viejos mamotretos jurídicos, su figura remeda curiosamente a la de Fausto en el gabinete de Wittemberg. Su voz es clara, impaciente. "¿Meneses? Lo vi una sola vez. Hablamos unos minutos y se despidió. Creo que ha pasado a disponibilidad. Usted sabe lo que ocurre con los militares y policías que están en esa situación. No creo que sea correcto caerle encima..."
Meneses, sin ocultar su preocupación por el asunto Anzoategui, agita con insistencia las fotocopias de algunos diarios del interior donde había publicado los relatos mucho antes de incluirlos en el libro. "Puede cotejarlos. La transcripción es textual. Ella solo intercaló suspiros, lágrimas y otras boberías de mujer. Tuve que rehacer todas las pruebas de imprenta para borrarlos". La prueba Judicial no le basta. Toma de su biblioteca un libro de poemas de Iderla Anzoategui y después de citar algunos de sus versos los desmenuza con el ensañamiento de un profesor de preceptiva. "Cuando venía por el Departamento yo sospechaba algo raro. Pero entonces no tenia tiempo para nada. No podía dejar a los chorros en libertad y ocuparme de ella y del libro".
La "boleta"
En la legislación argentina no existe la pena de muerte, pero en la jerga del hampa "la boleta" (muerte en un tiroteo) equivale a la horca. Contra ella no hay argucias legales. Solo rige la habilidad para el gatillo. La resonancia de éxito que tuvo Meneses en los procedimientos contra los delincuentes más temibles de la última década lo asoció, en la imaginación popular, al policía que confiaba más en el cañón de la 45 que en los jueces.
Meneses cuenta en su haber, como todo policía de acción, con varias "boletas". Pero no tantas como le atribuyen. Los hombres que actuaron a su lado, en la brigada de Robos y Hurtos, recuerdan su consigna: "No lo maten, no lo maten", repetida aun en ocasiones en que peligraba su vida. "El muerto no habla -explicaba-. La boleta aumenta el número de delitos impunes". Si se creyera en la estadística de los policías memoriosos, Meneses seria el jefe de Robos y Hurtos que ha hecho menos boletas durante su actuación.
Por ejemplo, José María Hidalgo, el asesino que "se la había jurado", se curó del asma a causa de un tiroteo en las afueras de La Plata. Cuando dejó de resistirse, con varios plomos en el cuerpo, se encomendó a Meneses: el "pardo" atendió sus súplicas y lo cargó por un lodazal de 30 cuadras. Hidalgo se salvó, se evadió de la cárcel y se fugó a Brasil, donde ahora cumple una condena por asesinar a tres policías.
Otro caso: En San Justo, el pibe Pedro P. (15 años) se entregó con los brazos en alto, encaramado en un gallinero, después de un tiroteo de 35 minutos a 100 kilómetros por hora, durante el cual había caído herido el cabo Pinos. Meneses, al grito de "No lo maten", le ajustó las esposas y se lo llevó. Cuando lo hizo comparecer, el pibe esperaba "la biaba", pero la venganza de Meneses era descubrir a sus cómplices. Le ofreció café y cigarrillos. Y el pibe cantó.
El loco Prieto (que murió hace poco, envuelto en llamas, en el penal de Devoto) nunca olvidó la afrenta de Meneses. El loco estaba cenando en la cantina de Paraguay y Ecuador. Meneses le había descubierto el "aguantadero" (domicilio secreto) y no le perdía pisada. Entró al restaurante, dio un rodeo y se sentó a su lado.
-¿Cómo te va? -lo saludó poniéndole una mano en la espalda.
-No. Jefecíto. Perdóneme -exclamó el delincuente mirando al "pardo" con los ojos desencajados.
-Estás en cana.
"Ninguno de los que estaban en la cantina se dio cuenta que lo detuve - recuerda Meneses-. Lo senté atrás, y empezó a lloriquear. Le vendé los ojos para impresionarlo y me entregó diez coches robados. Confesó un homicidio y varios asaltos".
La picana
Entre los penalistas, Meneses tiene fama de incorruptible. Es la virtud unánimemente reconocida. Aun por sus enemigos.Mauricio Ravei, defensor de muchos presos encarcelados por Meneses, se excusa de opinar; aduce que solo actuó en casos de poca importancia y deriva la cuestión a otros colegas. Pero como él, son muchos los que no quieren comprometerse. Hablan en confidencia; "¿La picana? Ya lo creo. Picana y boleta. Los delincuentes le tenían un terror pánico".
Meneses, sin inmutarse, rechaza el cargo y cuenta anécdotas relacionadas con los abogados. "Tiene un fichero de delincuentes más completo que el de la policía. A mí me hubiera sido de gran utilidad", comenta refiriéndose a un conocido penalista cuya clientela -según confesión de éste- agrupa a un centenar de maleantes, Pero Meneses, que lo clasifica entre "los que no pueden hablar bien de él", rectifica: "Agréguele dos ceros más".Marcos Oscar Litvak, un penalista joven (colaborador del doctor Luis I. Berkman) cree que "lo más positivo de Meneses fueron las patrullas encargadas de la vigilancia callejera. "En la represión de la delincuencia -dice- fue eficaz, pero con violación de otras normas del Código Penal (Apremios ilegales)".
Ovillándose en su sillón y entrelazando sus piernas con los brazos, Litvak desliza una mirada de orgullo por los tomos encuadernados que tapizan el estudio del doctor Berkman, donde atiende en su ausencia. Con voz reposada y vigilando la transcripción del periodista ("Si se equivoca lo desmiento") reflexiona: "Como hombre de derecho, la bondad de la función ejercida por Meneses no me merece la opinión laudatoria que sería de desear. Pero los apremios ilegales no son invento de Meneses. Han sido práctica corriente en otras épocas, tanto en la policía argentina como en todas las policías del mundo".
En su casa de la calle Charcas (garage al frente, hall suntuoso al gusto rococó del 900, con el bufete contiguo), Ireneo Molina Pórtela, uno de los penalistas de más larga actuación en Tribunales, se cruza de manos y se pierde en una nebulosa evocación. "Conozco a la policía de memoria", se jacta. "Para mi solo hubo dos grandes Jefes de investigaciones: Eduardo Santiago y Evaristo Meneses. La intuición de Meneses era asombrosa. Veía a una persona por la calle y sabia si era un señor o un delincuente."
La evocación concluye con una confidencia: "Nunca tuvo automóvil propio. Usaba el de una persona amiga de él y mía. Muchos procedimientos los hizo con ese coche prestado, porque la policía no tenia vehículos para facilitarle". Al oír la palabra picana, reacciona; "Créame que los abogados que no apañan delincuentes deben tener admiración por Meneses, cuando los detenidos le faltaban el respeto, usaba las manos. Pero no la picana.
Si hubiera tenido una sola acusación por apremios ilegales sus enemigos habrían usado contra el ese argumento.
Yo doy testimonio de que ni el loco Rivero, ni Aranguis, ni la banda de Prieto ni la gente de Villarino ni ninguno de los detenidos por Meneses que yo defendí y que pasan del centenar, lo acusaron de apremios ilegales.
"Mi picana -comentó Meneses- era el lápiz. Los asustaba haciéndoles cosquillas con la punta del lápiz. Lo que ellos temían era la condena. Sabían que conmigo no había arreglo. Yo de aquí y ellos de allí. Policía contra delincuentes".
El "arreglo"
Casa Muñoz. 214 trajes. Un hurto hormiga. El ladrón un empleado de la firma, se las había ingeniado para llevárselos vestido debajo de otro traje holgado que los cubría totalmente. Meneses tomó intervención y logró el secuestro de la mercadería. La casa quiso obsequiarle un traje a él y a los miembros de la brigada. Meneses permitió que sus muchachos fueran gratificados, pero él rechazó el ofrecimiento.
La coima o el soborno, inclusive el agradecimiento en pequeña o gran escala, resbalaron siempre por su conciencia. sin llegar a tentarlo. "Sé positivamente -afirma el abogado Portela- que uno de los asaltantes del Banco de San Miguel le ofreció más de un millón de pesos para que lo dejara fuera del asunto. Pero cuando la oferta llegó a sus oídos intervino con más saña. Detuvo a toda la banda y recuperó los 30 millones que los chorros habían limpiado de la caja fuerte. Meneses no transaba en nada. No le importaba nada de políticos o influyentes, era de un señorío que hace honor a la policía."El caso del joyero Porcel pinta de cuerpo entero la personalidad de Meneses. De vacaciones en Europa, Porcel se enteró que en su negocio de la calle Rivadavia al 11200 le habían robado cuatro millones de pesos en alhajas. Nueve días después, de regreso en Buenos Aires, fue a ver a Meneses, quien había tomado ya intervención en el asunto y por la técnica del robo (un boquete abierto en la pared desde el negocio contiguo), había identificado a los ladrones.
Porcel concurría todas las mañanas a Robos v Hurtos, pero Meneses no soltaba nada. Cada vez que lo veía exclamaba fastidiado: "¡Otra vez por aquí¡ Ya me tiene cansado. ; Qué se cree ? ; Qué no hacemos nada ? " El robo era el tema del día. Los amigos de Porcel lo preparaban: "Hay que saber perder. La policía, este asunto no lo descubre más y si lo descubre entrega la cuarta parte. El resto se lo guarda".
Meneses quiso darle una lección.
"Ya que usted cree que la policía se queda con los brazos cruzados le voy a dar parte en la investigación. Véngase esta noche con su coche. Vamos a montar guardia juntos." Una tarde, Meneses lo llamó por teléfono y le dijo que lo esperara a las nueve de la noche frente al Tiro Federal. "Cuando llegó -cuenta Porcel- ya traía al ladrón, me invitó a ir a la cueva de Ali Baba, un departamento de la calle 11 de Septiembre, donde, según había confesado el detenido, íbamos a encontrar todas las joyas. Le fallaron las ganzúas, pero Meneses, sin perder la calma, tiró abajo la puerta y me dijo; 'Entremos nosotros dos primero. Quiero que esté presente cuando hagamos el inventario'. Y así fue. Estuvimos hasta las siete de la mañana clasificando las joyas. Cuando regresábamos a Robos v Hurtos -agrega Porcel-, comenzó a morderme el gusano de una preocupación que me rondaba por la cabeza desde el momento en que había visto las alhajas. "¿Cuánto le doy a Meneses?" En medio de la alegría de todos, mi perplejidad desentonaba. Di vueltas sin atreverme a abordarlo. El éxito v la limpieza del procedimiento me obligaban a gratificarlo. Pero Meneses se me adelanto;
-Le noto que tiene un entripado.
-No, señor Meneses.
-Usted no me engaña. Se le ve en la cara. Y se lo voy a decir. Está pensando con cuánto me va a arreglar.
Traté de explicarle.
-Vea. señor Porcel -me dijo-. En el corto tiempo que hemos estado luchando juntos nos hicimos amigos, olvídese de lo que está maquinando. No quisiera terminar mi amistad metiéndolo preso.
Porcel logró hacerle aceptar una medalla ("Al comisario Evaristo Meneses, policía ejemplar") y obtuvo su consentimiento para publicar una solicitada en la que enaltecía el buen comportamiento de la brigada y de su ofendido jefe.
"Lavoro, lavoro, y más lavoro"
A Meneses no le gustan las novelas policiales. El hampa de los libros le parece irreal. ''Los delincuentes de verdad -dice- andan en coche, bien trajeados y con uñas lustradas". Cuando se hizo cargo de Robos y Hurtos los muchachos salían a buscar hombres con cara fea y mal vestidos. "Una vez -recuerda- me trajeron detenido por error a un sospechoso que tenía los zapatos destripados. Sin necesidad de interrogarlo, les dije que lo soltaran. Lo menos que puede hacer un malhechor es afanarse un par de zapatos. Pero no hay reglas sin excepciones. A veces alguno tiene cara de chorro".
La brigada de Robos y Hurtos tenia solo 13 hombres: dos oficiales, dos sargentos y el resto, personal de tropa.
Meneses les exigía que lo siguieran las 24 horas (dormía, habitualmente, cuatro). A las 9 de la mañana estaba en su despacho cumpliendo las tareas administrativas. Después de una breve siesta reanudaba sus funciones en Robos y Hurtos y a la noche salía de caza.
Sus estrategias de seguimiento colman la medida de lo verosímil; en ocasiones, cuando el "aguantadero" del ladrón era demasiado solitario como para mentar guardia en la calle, lo esperaba en la misma casa, doblado en cuclillas dentro de la carbonera.
"De noche -refiere Meneses-, Buenos Aires es otro mundo. Es otra gente la que va por sus calles. La que está en acecho y ve bajo el agua. Individuos que lucran con el vicio de otros. (El hombre -acota- delinque para satisfacer el vicio y no por egoísmo). Si emplearan la misma habilidad para una empresa comercial ganarían más que con el robo. El hombre de la calle, el "gil", como le llama el hampa, tiene una idea equivocada de delincuente. Lo idealiza. Cree que es un héroe, pero es un cobarde. La valentía es un impulso noble. El ladrón mata por temor. Son muy pocos los que se regeneran. Conocí a algunos. Eran delincuentes activísimos, a los que en un momento dado una mujer encauzó por una nueva vida. Yo fui amigo de ellos. Los visité y traté de ayudarlos.
Créame que para el policía es muy importante conocer la psicología del hampa. La inclinación de estos hombres hacia ciertas formas del delito no es casual: es una consecuencia de su temperamento y de sus cualidades intelectuales. Persisten toda la vida en su especialidad. De viejos, su impulso se atempera. El pibe Muñeca, hábil ratero en su juventud, me confesaba: 'Jefe, me tiemblan las manos. Cuando estoy adentro de una casa tengo miedo'. Como él, los ladrones, al llegar a viejos, se hacen cuenteros, levantan juego o venden cocaína. Pero son un peligro toda la vida. Muchos se convierten en jefes de banda. Se rodean de jóvenes y los aleccionan y amparan, explotándolos con el cuento de sus hazañas. Lo mismo que el jugador de fútbol, que se hace entrenador".
El método de Meneses se resume en esta definición: "Lavoro, lavoro y más lavoro". Y agrega: "La carrera del policía de acción es ingrata. Tiene que abandonar el estudio y otros policías lo aventajan. Y además hay que exponerse y andar en la cuerda floja, frecuentando los lugares de libertinaje y trabando relación con hombres y mujeres de vida dudosa. La gente piensa siempre lo peor de un policía. Yo tenía hasta vergüenza de ir a un cine pensando que el público podría juzgarme: "Mira a Meneses. Mientras él se divierte los chorros andan sueltos".
El Little Love
En la escuela, el instructor nos aconsejaba que lo ideal para el policía de acción era quedarse soltero o casarse con una mujer policía. Y tenia razón". Meneses, divorciado, tiene fama de mujeriego, pero nadie lo ha visto por la calle del brazo de una mujer. "Nunca he sido un don Juan. Ese cuento se lo debo a la cuerda floja. La gente que me veía todas las noches por los cabarets creía que yo era un libertino."
Meneses llegó a organizar minuciosamente una vasta organización de batidoras, las cuales, por su profesión, están al tanto de los manejos del bajo fondo. Es muy difícil que un delincuente que se ha embolsado varios millones en un solo golpe se contente con disfrutarlos a solas. Después de cada atraco, Meneses acentuaba las visitas a los cabarets -en busca del pájaro de turno. Uno de los lugares predilectos era el Little Love. en la pendiente de la calle Viamonte. Roberto Patricelli, propietario del dancing, lo conoce desde hace más de 20 años. "Paraba el coche en Reconquista y Viamonte. Era muy popular. Todos mis colegas salían a saludarlo. Muchas veces venia sin compañía. Pero. jefe, ¿cómo anda solo?, lo increpaba. 'Si me la tienen que hacer –decía
me la van a hacer en cualquier parte.' Se sentaba con la 45 bajo el muslo. Tomaba un whisky y pagaba.
Aceptaba invitaciones, pero no de las mujeres, con las que cuchicheaba en voz baja, como un cliente más. " El mozo también guarda un recuerdo grato: "Cada vez que le entregaba el sombrero me daba 50 pesos".
Las amantes platónicas
Medianoche en el restaurante de la Casa del Boxeador. Como todos los jueves, la peña folklórica prolonga la cena hasta las dos de la mañana. "Meneses cae todas las noches -insiste el propietario del local, Alfredo Magido-. Es infaltable. -Mira el reloj y ensaya un ademán persuasivo-. Unos minutos más y estará aquí."
Lo ubica imaginariamente, parodiando sus pasos: "Entra, cuelga el sombrero. Deja el revólver en el cajón y pide un vaso de vino v una ensalada de chauchas, o si no un bife. De postre, pan restado y queso. Lo conozco desde hace 25 años. Ayer, después de saludarme, me dijo: 'Alfredo, estoy aburrido'. Le mostré el recorte de un periódico brasileño, donde decían que allí necesitaban a un hombre como Meneses para acabar con los chorros, y le insinué que se fuera a Brasil. Pero meneó la cabeza. Bueno, salí a bailar con una chica, insistí. "No, soy un pata dura'. Una sola vez logré hacerle bailar un tango con Olga, una amiga de mi mujer. Pero él se rehusó a seguir: 'Si insistís tanto -dijo -me vas a hacer casar con alguna. Eso es lo que vos buscas'.
Magido, con su rostro bonachón, observa las mesas, todas ocupadas. "Fíjese, ¿ve esas mujeres solas? Ya terminaron de tomar el café hace rato. Están esperando a Meneses. Aguántese un momento más y verá algo interesante. Además, tiene que seguirlo por la calle. Hay mujeres que se paran a mirarlo como idiotas. Yo se lo digo siempre, pero no me hace caso: Evaristo, tenes que firmar autógrafos. Vos tenes más arrastre que los artistas. Pero es muy retraído, cabezón y caprichoso como él solo".
Al entrar Meneses todos los rostros se vuelven hacía él. Unos lo saludan; otros le sonríen, pero los más lo miran encandilados con una mezcla de respeto, admiración y temor. Meneses cumplió al pie de la letra el ritual previsto: dejó el revólver, colgó el sombrero, pero en vez de cenar tomó una Seven Up al mostrador y habló unos minutos con Magido. Luego salió. Detrás de él abandonaron el salón las amantes platónicas. Ninguna lo detuvo ni intentó entablar conversación. Se quedaron en la calle, tiesas como estatuas de sal vueltas hacia las sombras de la ochava, que en un segundo se habían tragado al ídolo.
Jefe de Policía
Rafael, un vendedor de flores que "nunca pasó a los tiras", capitanea la barra de admiradores de Meneses en el bajo de Flores. Meneses es su Dios, le lava el coche, le trae flores, le arregla el jardín. "Sabe de todo -dice Meneses-. Es albañil, pintor, carpintero, plomero, electricista". Cuando Meneses pasó a disponibilidad, Rafael vino a ofrecerle dinero. Y Meneses tuvo que aceptarlo. "De lo contrario -cuenta- todo el barrio se hubiera enterado por sus gritos".
Rafael es el autor de las leyendas pintadas en los muros de todo el bajo Flores, donde se lee que el pueblo exige el ascenso de Meneses a la jefatura de policía. Por la tónica de los elogios, Meneses sospechó que el anónimo pintor era Rafael. "Lo encontré durmiendo. pero los tachos de pintura confesaron por él. Lo desperté;
-Pero vos estás enloquecido. ¿Te Crees que yo soy un político? Rafael se excusó:
-Yo no fui. La barra lo decidió.
-Mañana mismo los borras. "Accedió con lágrimas en los ojos", dice Meneses.
-'Si me lo pide así, jefe -balbuceó Rafael-. Pero si hay Dios, usted debe ser jefe de policía.
Tímido pero guapo
"¡Qué va a ser mujeriego! Las mujeres lo buscan, que es otro cantar. Yo, las veces que lo he visto en el coche, lo he visto solo. A él no le gusta jugar con los sentimientos ajenos ni ilusionar a nadie. Es un machazo, en todo el sentido de la palabra".
Los ojos tristes de María Cavallaro se iluminan al hablar de Meneses. Hace 20 años que es vecina y amiga de la familia de Meneses, y actúa en el comité radical de Varela y Francisco Bilbao. El oficialismo del Bajo Flores le es adicto al ex Jefe de Robos y Hurtos. "Si usted supiera -agrega-, a la hora en que él vuelve en el coche, las mujeres salen a verlo. Todas están enamoradas de Meneses. Hasta las casadas. Y eso que es feo. Pero lo que le falta de lindo lo tiene de guapo, de varón".
Las mujeres del barrio, del Centro y de los cabarets coinciden todas en la radiografía intima de Meneses y aseguran que detrás de su aspecto huraño "se esconde un tímido con alma de adolescente". Y aportan pruebas;
"¿No escuchó su voz? Es firme y enérgica, pero cálida". Otras aluden a los movimientos de sus manos al rictus de sus labios cuando sonríe. o bien hablan de sus ojos, entrecerrados por ''el pudoroso recato del soñador que teme ser descubierto". Pero una vecina, Beatriz, ha visto algo más; "Sus ojos -dice- hacen juego con la camisa".
Con la camisa celeste (que ya no usa) de la repartición.
Policía o nada
-;Por qué es tan retraído, Meneses?
-¿ Por qué ?
La pregunta cae en sus oídos como el eco de un monólogo familiar. Sin revelar la explicación, Meneses confiesa :
-Ahora más que nunca. Estoy desorientado, No sé qué hacer. Toda mi vida estuve en la policía.
Hace dos años, Meneses, que tenia una jerarquía superior a su cargo, fue trasladado de jefe de Robos y Hurtos a jefe de la División Delitos y Vigilancias; al año lo designaron como adscripto a la Dirección de Investigaciones v a principios de diciembre pasó a disponibilidad. En el interregno tuvo un ofrecimiento oficial para desempeñar la jefatura de policía de Salta. Pero no aceptó. Como no aceptó la invitación de la superioridad para firmar el retiro.
Con el sueldo de 56 mil pesos vive sin lujos ni privaciones una existencia monótona que no ha roto del todo la rutina de su horario de policía. Hasta hace unos días andaba con un coche prestado, el mismo que usara durante años para los procedimientos y en el cual viajaron detenidos los delincuentes más poderosos del hampa porteño, ahora viaja en un flamante Fiat 1500 que compró con los 250 mil pesos de la venta de un terreno adquirido a plazos hace 20 años. Riega el jardín, visita a sus amigos y sigue haciéndose los trajes en la sastrería de Abraham Russin, el mismo que lo viste de negro o gris oscuro (como los policeman ingleses) desde que era un imberbe oficial de la 50a.
Hace unos meses le desapareció Cacique, el perro de policía. Los ladrones (lo dedujo por el fichero de modalidades) se lo habían llevado valiéndose de una perra en celo. Rafael lo buscó por todo el barrio. "Un día - dice Meneses- me levanté pensando que iba a encontrarlo". Pero la esperanza lo abandonó después de una nueva e infructuosa búsqueda. Entonces se fue hasta Nuñez, dispuesto a comprar uno. El vendedor le informó que era casi imposible conseguir un animal igual al que él le describía. "Véngase esta tarde. Vamos a ir a casa de un cliente que tiene uno parecido. Meneses lo llevó en su coche. "Cuando cruzamos el bajo de Flores, a indicación del comerciante -cuenta-, empecé a sospechar. El dueño del perro se adelantó a decirme que quería 40 mil pesos. Yo estaba dispuesto a pagárselos, pero el perro que me querían vender era el mío. Me abrazó como si fuera un ser humano."
El policía no lo abandona. Robusto, ágil, de pulso firme y una memoria prodigiosa para el "manyamiento", Meneses, aun sin querer, sigue descubriendo chorros por las calles. No los persigue. Pero ellos le huyen, como en los días en que actuaba al frente de la brigada de Robos y Hurtos.
El pase a disponibilidad fue, para Meneses, un tiro por la espalda. Una "boleta" para su orgullo y su ambición.
Lo dejó a solas consigo mismo, como si el mundo le mostrara de golpe el revés de su lóbrega trama: el doméstico y aburrido filigrana de horas vacías de acción y de peligro. El tiempo de su vida ha perdido intensidad y drama. Meneses, primer actor del hampa, donde era temido, odiado y respetado a la vez, bajó del proscenio, pero sin hallar lugar en la platea común. El peligro le dio la espalda. La 45, en la cintura, o sobre el asiento del Fíat, es un arma de juguete que, como él, carece ya de destino.
Villarino, el loco Prieto, Peddone, Gugiaro, Sanchidrián, el bebé Guido, solo son sombras del pasado que revive en sus memorias para detener el tiempo perdido en un presente sin metas. Ni siquiera sorprende la amenaza de un sospechoso detrás de sus pasos vacilantes. "Nunca robé a los chorros, nunca los ofendí. Nunca tiré a matar, ¿Las muertes? Son accidentes. Uno se consuela pensando que ha cumplido con el deber. Pero es un momento muy difícil. Hay que conservar la sangre fría porque si no no se pega, y tirar a matar sin pasión, aun para defender la propia vida, es un trance muy amargo". Recuerda todavía la confesión de la madre de Villarino, que había llegado a desear la muerte de su hijo para escapar a la espera permanente, prolongada día a día, del tiroteo fatal.
Preso Villarino, la madre le habrá agradecido que le haya salvado la vida. La vida y la muerte, que habían llegado a confundirse en su espera como un mismo destino angustioso y sin salvación.
Los más grandes admiradores de Meneses fueron los hombres del hampa. El mismo Villarino confeso en Tribunales que "el pardo" era el único policía que había respetado"; el loco Prieto también manifestó el mismo respeto "porque jamás Meneses le atribuyó un 'garrón' (causa injusta)". El Turco charlatán, en una ocasión en que fue al Congreso a hacer una denuncia contra la policía, respondió a un diputado que le pidió su opinión sobre Meneses:
"Sí, es incorruptible. Pero anda con una piedra en cada mano. Con él no se puede hablar". Un hombre de la banda de Villarino le dijo a su jefe; "¿Le queres hacer la boleta al "pardo"? Sé que para en un café de Callao v Sarmiento y se pone en la vidriera. Si vas cualquier noche a eso de las once lo tenes servido". Villarino, a quien no le faltaban ganas, exclamo: "¡Vos estás loco! ¿Y si le errás?". Giugiaro dio la imagen más expresiva. Cuando estaba detenido en Robos y Hurtos, el entonces jefe de esa sección, comisario Elias Escobar, le preguntó si se acordaba de Meneses, "Lo recuerdo -dijo- como una cruz negra que abre los brazos y grita 'no lo maten, no lo maten'". Era su última imagen consciente. Había caído en un tiroteo. Meneses lo cubrió cruzándose ante su brigada con los brazos abiertos. Después el delincuente perdió el conocimiento.
De noche, el hampa resucita y vuelve a vivir en las memorias de Meneses. Pero al despertar, el día se le abre como un bostezo en el horizonte de su ocio, sin delitos que descubrir ni chorros que "encanar". A veces se lo ve merodear por Paraná y Bartolomé Mitre. Cerca de allí, en un edificio moderno, toma el ascensor y sube hasta el despacho de una oficina de peritaje de seguros (a cargo de Héctor Fernández y de Esteban Izzo, ex oficial de su brigada). La oficina, con expedientes y fichas es una verdadera comisaria, en la que solo faltan los calabozos. Un remedo de Robos y Hurtos, donde Meneses recupera el tiempo perdido y sigue cazando delincuentes. Un pretexto para acostarse tarde y dormir la siesta policial. Y para seguir olfateando el hampa en la cuerda floja.
Como el gourmet puesto a régimen que se sirve su magra ración de gula en los platos casi vacíos o el borracho que bebe agua y la colorea con unas gotas de vino. Chorros nunca faltan. Pero Meneses añora a sus antiguos adversarios. Con los que podía medirse en un duelo a su altura. Y ganar o perder, poniendo en juego su vida. "¿Cómo no voy a ser un retraído?", contesta a los que lo interrogan. La disponibilidad fue una "boleta" a traición, que lo dejó en agonía.
Nota de: CARLOS A. VELAZCO
Fuente:
http://www.magicasruinas.com.ar/

jueves, 9 de agosto de 2007

Victoria sobre nuestros bosques nativos

Argentina - Ledesma no desmontará la finca Sauzalito-Yuto, ubicada en Selva de Yungas en Jujuy. La provincia a un paso de su Ordenamiento Territorial.
Luego de cuatro años con alto riesgo de desmonte, y de intensa campaña contra su destrucción, la Selva Pedemontana de Yungas de la finca Sauzalito-Yuto acaba de ser salvada. La empresa Ledesma se comprometió a preservar la zona al comprender que la misma es un área prioritaria de conservación por su importancia biológica. El compromiso de Ledesma quedó plasmado en un Acuerdo firmado por la empresa, Parques Nacionales, Gobierno de la Provincia de Jujuy, Greenpeace y Fundación Vida Silvestre. Por el mismo Acuerdo la provincia de Jujuy se comprometió a realizar en un plazo de 30 días una convocatoria para recibir recomendaciones en torno a su propuesta de Ordenamiento Territorial de los bosques de esa provincia. Este es un logro importantísimo y una victoria de nuestros bosques y nuestro patrimonio natural. No solo se acaba de salvar una zona de gran importancia biológica sino que nuestra campaña nacional por la promulgación de una Ley de Bosques que establezca un claro y consensuado Ordenamiento Territorial, comienza a tomar forma en la provincia de Jujuy. Nuestra campaña para salvar Sauzalito-Yuto comenzó cuando, en diciembre de 2002, el ingenio azucarero Ledesma solicitó al gobierno jujeño un permiso de desmonte para incrementar la superficie de su plantación de caña de azúcar en 1.400 hectáreas en dicha zona. El sitio representa la porción más baja de Selvas Pedemontanas planas, considerado el ecosistema actualmente en mayor riesgo de la Argentina. Además de ser hogar de muchas especies animales y vegetales amenazadas, la importancia de Sauzalito-Yuto reside en que representa un corredor natural entre las Yungas y el Chaco.
Hoy Sauzalito-Yuto está salvado y Jujuy está a punto de ser la primera provincia del país en realizar el Ordenamiento Territorial de sus bosques nativos.
Greenpeace Argentina